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Juan 20:19-31

No han faltado quienes llamen la atención a un aspecto del ministerio terrenal de Jesús, que, no obstante, pasa desapercibido para la mayoría de los cristianos: su ministerio por cuarenta días después de haber resucitado. Un equivalente a los cuarenta días de preparación en el desierto, previo al tiempo de darse a conocer como el Ungido de Dios. Son cuarenta días en los cuales los Evangelios dan cuenta de por lo menos seis apariciones: a María, a Cleofás y su compañero de camino, a sus discípulos más cercanos en Jerusalén, a ellos mismos días después, en la ocasión que el texto nos ocupa, en el Mar de Galilea a los discípulos pescadores y, finalmente, en el Monte de los Olivos, cerca de Jerusalén, cuando ascendió a los cielos. El apóstol Pablo, en su primera carta a los corintios, menciona otras apariciones de Jesús en este lapso (15:3-7).

Al pasearnos por esos episodios, es casi regla general que Jesús no fue tan claramente reconocible por sus discípulos. Algo, que no sabemos qué es, no hacía evidente la figura de su Maestro. ¿Su cuerpo glorificado, tal vez? Pero, Jesús habla, se manifiesta, y luego no queda lugar a dudas, es el Maestro, el Señor. ¿Con cuál propósito permaneció el Señor cuarenta días más en este mundo? ¿Qué compartió con sus discípulos? ¿Preparándolos? ¿Reafirmándolos? ¿Recordándoles las verdades del Reino de Dios?... Todo queda en el registro de misterios que el Dios Eterno se ha reservado para sí. Por lo menos en este mundo que experimentamos.

Jesús ha resucitado… —¡Hemos visto al Señor!... dicen los discípulos. Y Tomás, uno de ellos, que no había estado presente en ese avistamiento, expresa su famosa frase que ha quedado como un aforismo para todas las generaciones y culturas “ver para creer”. Tomás dice: —Mientras no vea yo la marca de los clavos en sus manos, y meta mi dedo en las marcas y mi mano en su costado, no lo creeré — ¿Un arrebato de escepticismo malcriado? ¿La negación atormentada de lo que sería el deseo más preciado, pero absurdo para la lógica humana? ¡Cómo se parece Tomás en ese momento a la “fe” cristiana de los últimos siglos!: Examinar las evidencias, tocarlas, experimentar con ellas, pasar por el cedazo de la racionalidad cientificista el objeto de la fe, a fin de que los sentidos y el pensamiento estructurado queden satisfechos. Más aún, su sentencia parece representar un homenaje al episteme individualista típico de nuestra época posmoderna: la verdad será verdad en tanto que “yo” con mis medios quiera comprobar.

Pero viene el Señor al encuentro de nuestras “ideologías”, y, por supuesto, a la incredulidad de Tomás. —Pon tu dedo aquí y mira mis manos. Acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino hombre de fe. -A ver Tomás ¡Toca! ¡Examina! ¡Mira! ¡Las evidencias de la historia allí están! ¡La realidad que te gusta examinar ha dejado unas huellas! ¿Qué te hace pensar que si tú no ves las evidencias significa que no puede ser que otros hayan visto algo? Luego, Jesús resucitado, amonesta al discípulo: “dichosos los que no han visto y sin embargo creen” ¡Epa! ¿De qué se trata esta aseveración? ¿Fideísmo? ¿Credulidad? Viniendo del Señor de la historia, Camino, Verdad y Vida, por supuesto que no. Más bien se trata de la valoración del testimonio como herramienta del conocimiento que da vida, que trae alegría. No cualquier testimonio, sino el testimonio de Aquel que es la fuente de todo lo veraz, de todo lo digno, de las convicciones más trascendentes y que, por tanto, lo que afirma, lo que promete, lo que ofrece no requiere de algún tipo de fianza previa. De quien dijera tiempo después el apóstol a los gentiles: “…el Dios que da vida a los muertos y que llama las cosas que no son como si ya existieran” (Ro.4:17 NVI) Del mismo modo, no se trata tampoco de cualquier conocimiento, sino del conocimiento que humaniza de veras, que quebranta espíritus, que sensibiliza acerca de lo finito y lo eterno, de lo profano y lo santo. De lo cual dijo Jesús: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3 RVR77).

Sí, dichosos los que “caminamos guiados por la fe y no por lo que vemos” (2 Co.5:7 BLP). Dichosos los que sin ver creemos. Sustentados, eso sí, en la Palabra de Dios.

Rvdo. Valmore Amarís R.




 
 
 

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